El MEJIA EN LA HISTORIA DE QUITO

¿Qué hace que un instituto educativo se vuelva centro y emblema de una ciudad entera, referente de una actitud nacional, modelo de prestigio y mito de juventud ? ¿Qué hace que este modesto territorio de enseñanza venga a ser la capital de la capital, el centro del centro del mundo. El olimpo, el arquetipo, el arcano legendario del que surgen todos los modos de ser del espíritu quiteño? ¿Qué hace, cuál es el resorte de este arrebato y desproporción en la exaltación, en la evocación desmesurada, en la pasión exagerada del recuerdo y la pertenencia? ¿Por qué, ser ex Mejía, es más que ser el monte del Panecillo o el gallo de la catedral?

Los explicadores del desorbite hallan la respuesta en las energías que concurren a su nacimiento. En el signo histórico que le convierte en el primer colegio laico fundado en el Ecuador.

En ese zodíaco que venía acumulándose desde los tiempos de Luis Chusig llamado Espejo y su cuñado José Mejía líderes de la naciente clase media que desde entonces avanza impetuosa hasta ponerse en la cabeza de los movimientos sociales que arrastran el nuevo pueblo resultado de miles de años de mestizaje indígena y miles de mestizaje europeo, en ese elaborado tempestuoso que viene a ser el mestizo quiteño. Y de ese liderazgo, la flor viene a ser el Instituto Nacional Mejía fundado en 1897, apenas a dos años de la revolución liberal, como establecimiento piloto del proyecto alfarista de educación y por lo mismo, el ojo de la tormenta, bandera de la democracia criolla y espanto y maldición de la oposición republicana blanca conservadora y clerical.

Este proyecto de reforma educativa, también marca la tendencia intelectual de la clase emergente y hace retroceder a la tendencia técnica y comercial más acorde con la mentalidad del caudillo Alfaro. El Mejía es pues desde el origen, la reivindicación de los mandos medios intelectuales, burócratas y políticos. La tendencia comercial costeña, es superada por la tendencia ideológica de las clases medias del centro, cuya expresión natural son las llamadas humanidades modernas que por eso mismo, desde sus primeros pasos, hará del Mejía el semillero de la vanguardia política.

Esto es tan revelador por sus significados de clase como por la polaridad ideológica que hasta el día de hoy signa al Ecuador, y anticipa el crepúsculo del gran colegio; la tendencia técnica comercial del monopolio agro exportador, frente al monopolio ideológico de la clase media. Educación técnica versus educación humanista, que en su lucha eterna nacional es la historia de nuestra educación. Es la historia del Ecuador.

Y así, crisol del humanismo, el Instituto Nacional Mejía viene a ser el instituto emblemático de la clase media en el momento que esta clase es la avanzada más lucida, más apasionada, más radical del proyecto revolucionario que convierte y hace trascender a la necesidad económica política de la exportación, hasta el ideal de la república democrática dirigida por la capacidad superior de las humanidades modernas que se apropian de la historia y la cultura para servicio de un país entero, sin diferencias ni discriminación

La necesidad política de centralizar la dirección revolucionaria, centraliza el estado. En educación las rentas nacionales que en un principio estaban planificadas para diseminar educación laica por todo el territorio, terminan por concentrarse en los tres polos tradicionales de las tres repúblicas que hicieron el Ecuador desde 1830, Quito, Guayaquil y Cuenca. Quito como centro institucional concentra las mejores capacidades y viene a consolidar el centro ya histórico de la administración y la burocracia. El polo ideológico que no entrará en crisis sino en las últimas rupturas causadas por las tendencias autonomistas y regionalistas de nuestros últimos tiempo. La crisis del Mejía actual, es entonces el reflejo de este desplazamiento de tendencias. El triunfo próximo, nuevamente, del Mejía, será el necesario replanteamiento de la rigambre nacional entera. La nación unificada como ideal, que es la ilusión motivadora que en los últimos tiempos, reacciona ante la amenaza de la disolución que el extremismo autonomista.

Por todo esto, en el jovencísimo proceso de nuestra historia mestiza, de apenas 174 años, el caudal que resulta de todas las vertientes que darán nacimiento al pueblo que toma el poder primero con los tauras urvinistas, es masacrada en la reacción republicana señorial, re emerge con Veintimilla y triunfa con Alfaro, genera la imagen del Mejía y emite la voz más sonora y constante de la reivindicación democrática. Del pueblo sin más poder que su capacidad personal y sus ideales nacionales. De ahí a la romántica idea de la guambrada quijotesca, mezcla de señorío intelectual y pasión montonera que hará vibrar la mitad entera del siglo veinte, hay un solo paso. El mismo término de “patrón Mejía” muestra la sustancia paradójica de esta clase media, dueña de la cultura y la nacionalidad que integra a todos los elementos, desde lo indio a lo español y lo negro, que a su vez son resultados mestizados por cientos de años. El Mejía es el momento más alto de ese cocido de nacionalidades que es nuestra multinacionalidad y multiculturalidad, de las cuales la clase media es fruto y usufrutuario.


Por eso todo en verdad, parece nacer del Mejía. Los políticos, los artistas, los intelectuales; alcaldes, diputados, presidentes. Mostrando la tesitura ancha de la concurrencia social atraída por un prestigio tan grande que hasta muy entrada la competencia de la educación privada a la americana o a la europea, nada puede contra esa fama integral del Mejía. Del Mejía saldrán los mejores atletas, los líderes de la opinión pública, los jurisconsultos idealistas y enciclopédicos, los críticos sociales, los animadores nacionales; a tal punto que todos los futuros y grandes colegios que ha producido Quito, en algún momento de su desarrollo han tenido que superarse en referencia a este Instituto que en sus apogeos y sus crisis, proyecta los apogeos y crisis del Quito esencial, apasionado, inclaudicable, justiciero. Y junto a esta realidad, aparece la desmesura de su versión, la poética de su evocación, lo surrealista de su exageración, el buen humor desacralizador y crítico de su propia contradicción. El amor inmenso a este Instituto que ya parece de mil años por lo tanto que le ha tocado vivir. Y de la realidad vibrante sale la leyenda del Mejía que no no es sino la reproducción inagotable de un pueblo lleno de afanes, de irónicos despechos que se ríen de la desgracia o braman de ira ante el abuso sin límites también, como haciendo de la historia una leyenda para aprender de los modelos .

Así, en la leyenda del Mejía se hace legendario el velasquismo. Para la opinión pública popular, el Mejía bota a Velasco una y otra vez, y Velasco una y otra vez trata de conquistar o rendir al Mejía. En este modelo está la lección modelo. Y las huelgas del Mejía son la chispa de todas los estallidos del Ecuador. Las huelgas del Mejía, irrepetibles, inigualables, sacrificadas, Aún hoy, cuando el desbande y la ruptura de toda norma, la violencia, el boicot, el cálculo que mueve las huelgas de nuestros días, se arropan en la fama de las huelgas del Mejía. Son todavía aceptadas por la añoranza evocativa de las huelgas que fueron del Mejía. Y el Mejía, a pesar de la locura de nuestros días, es arquetipo, modelo y tema de leyenda. Y en la leyenda, todo lo que es quiteño nace del Mejía y el Pupo Fierro, el Cacha Flor, como tantos maestros y administradores del Mejía, son parte de la leyenda. Es esta leyenda la que hace hablar por días, sobre mil temas quiteños. La sal quiteña se inventa en el Mejía. La opinión de los diarios, de la radio, de todos los medios de masa se elaboran en el Mejía. Y el Mejía viene a ser el espíritu del Quito, base de nuestra cultura e identidad, donde el pasado se acrisola, y el futuro se hace posible cuando vuelva a resonar el nombre del patrón Mejía

 

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